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viernes, 30 de octubre de 2015

"Mila 18" de Leon Uris

La historia de la gente que vivió en el ghetto de Varsovia, recluidos por los nazis antes y durante la segunda Guerra mundial, visto a través de los ojos del cínico Cristóbal de Monti, el idealista Androfski Andrei, el cometido Bronski Deborah y el amargo Franz Koenig, presentada con intensidad y compasión por Leon Uris.
Se nos muestra cómo los personajes evolucionan a medida que la pacifica vida que llevaban cambia con la invasión nazi y su brutal ocupación. La segregación progresiva de los Judios, la creación del gueto, su lucha desesperada por la supervivencia durante el Holocausto y la rebelión final que sacudió los nazis todo el camino a Berlín.
Leon Uris admite en la introducción que, aunque los personajes son ficticios, él sería el último en admitir que no había gente real que no fuera un Wolf Brandel, un Bronski Rachel, una Rak Gabriela o un rabino Salomón. De hecho, sus experiencias son tan "vívidas" que se hace difícil imaginar que en realidad son personajes de ficción.
Es una simple historia de amor dentro de una guerra. Sin embargo, es mucho más que una historia. Es una lección de la naturaleza humana, de la compasión y la codicia, del amor y la crueldad, de la bondad y la tortura, de fuerza y debilidades, de valentía y descaro...Y de la vida y la muerte.


Un gran libro que nunca me canso de leer. Lo leí por primera vez siendo adolescente, en una visita a la biblioteca, y me gustó tanto que cada pocos meses lo volvía a coger para releerlo.

Tras todos estos años (un montón, no creáis), me hizo una ilusión tremenda verlo en digital, así que no me aguanté. Lo tuve que comprar.

El autor cuenta a través de un grupo de personajes ficticios (aunque no tanto) la invasión de Polonia por los alemanes durante la II Guerra Mundial y como los judíos fueron discriminados, acorralados y exterminados por los nazis. Y, en concreto, narra un episodio real, aunque poco nombrado en los documentales y libros, como es el levantamiento del gueto de Varsovia: como un puñado de judíos, enfermos, hambrientos, casi sin armas, mantuvieron en jaque durante semanas a las fuerzas alemanas. Y sobre todo muestra que, a pesar de que lo quieran negar, los alemanes no tenían el monopolio del antisemitismo. La escena en que el jefe de la resistencia polaca se niega a admitir judíos en su organización es tristemente verídica; y la indiferencia del mundo ante el sufrimiento de las víctimas del holocausto nadie lo puede negar.

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