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domingo, 13 de noviembre de 2016

"La niña alemana" de Armando Lucas Correa

En 1939, la encantadora vida de Hannah Rosenthal y sus padres se desmorona. Su familia, una de las más distinguidas en los altos círculos sociales berlineses, era admirada por amigos y vecinos. Con su madre, Hannah disfrutaba las tardes en el lujoso salón de té del esplendoroso Hotel Adlon, ambas vestidas con sus más elegantes atuendos, siempre a la moda.
En un abrir y cerrar de ojos, ese mundo se vino abajo en una Alemania que buscaba la pureza y la perfección racial de sus habitantes. Los padres de Hannah terminaron encerrados en su magnífico apartamento en el centro de Berlín, entre penumbras. Ahora Hannah se refugia con su mejor amigo, Leo Martin, en los callejones y parques de una ciudad que ya no los quiere.
Berlín se ha teñido de los colores blanco, rojo y negro de una bandera que no reconocen como suya, las aceras cubiertas de cristales rotos, edificios quemados, militares que marchan en un sincronismo para ellos enfermizo.
Los desesperados Rosenthal comienzan la odisea para conseguir visas, dispuestos a perder todas sus posesiones con tal de escapar de un país que los desprecia. Los dos niños hacen un pacto: pase lo que pase, se prometen un futuro juntos.
Un rayo de esperanza les llega a los Rosenthal y los Martin: el Saint Louis, un enorme y lujoso trasatlántico partirá de Hamburgo a La Habana con más de 900 refugiados judíos. El 13 de mayo de 1939 comienza la travesía de dos semanas, donde las familias se sienten libres y seguras por primera vez en meses.

Una sensacional y ambiciosa primera novela, ideal para los fans de La llave de Sarah y de La luz que no puedes ver. La historia de una niña de 11 años que junto a su familia y su mejor amigo logran huir de la Alemania nazi en un lujoso trasatlántico para descubrir que el asilo que le prometieron en ultramar era una simple ilusión.
Una historia ambientada con extremo cuidado en el Berlín de la primavera de 1939, la Cuba pre y post revolucionaria y el Nueva York después del 11 de septiembre.

Una historia de amor, odio y esperanza que tiene su desenlace en La Habana de hoy.


Historia contada desde dos puntos de vista: los de dos niñas de apenas 12 años, en lugares y épocas muy dispares.

Por un lado, en Berlín, 1939, Hanna Rosenthal, una niña judía de familia adinerada y de estracto social alto, que ve como se viene abajo su mundo privilegiado de una vida suntuosa y sin preocupaciones, por culpa de los ogros, es decir, los nazis. En un último intento por sobrevivir y huir del horror, la familia embarca en el Saint Louis, un transatlántico flotado para trasladar a 937 pasajeros judíos con destino a Cuba, tras pagar los visados y el pasaje a precio de oro (les obligaron además a pagar billete de ida y vuelta).

Por otro lado, en Nueva York, 2014, Ana Rosen es una niña madura para su edad. Su padre salió a trabajar en un martes de septiembre y no volvió, dejando a su madre sumida en la depresión. Un día recibe unas fotos de su padre y viaja a Cuba, para conocer el origen de su familia paterna.

A través de Hanna conocemos el horror de la vida en Berlín de una familia judía, rechazada y perseguida por personas que hasta hacía poco les adulaban; la esperanza de embarcar hacia un destino que creen mejor, pero con el fatal golpe de ver como son rechazados. La única pega la pongo en que al ser este personaje tan inocente, tan "naive", le pone una especie de velo a esta parte de la historia, como si no le llegara a calar el verdadero horror que estaba viviendo.

A través de Ana, conocemos la historia de la familia como refugiados en un país convulso y en el que parece que la historia se repite, aunque con distinto nombre. no sólo por Cuba, su destino inicial, sino también por Estados Unidos y Canadá, entre otros.

Me ha gustado como ha entrelazado las dos tramas, como las familias se reencuentran y como deja entrever pequeños detalles que le dan mayor profundidad a la historia.

Al final del libro, el autor hace un pequeño resumen de la historia del Saint Louise, incluyendo algunas fotografías de los maltratados pasajeros.

Y es que tristemente, la historia del transatlántico Saint Louise, es terriblemente real. 937 judíos, que compraron a precio de oro los visados para su entrada a Cuba y los billetes del viaje, vieron como sus esperanzas de encontrar un refugio al horror nazi eran truncadas por la corrupción de unos políticos que venden visados sin valor alguno, y sobre todo el egoísmo de unas naciones aislacionistas, más preocupadas por los negocios con Alemania que por acoger a familias enteras que huyen del horror. Y es que no sólo fue Cuba quien rechazó a los refugiados, sino también Canadá y Estados Unidos. Finalmente el barco regresó a Europa y los pasajeros judíos fueron admitidos como refugiados en Inglaterra, Bélgica y Francia, y todos sabemos el trágico destino que sufrieron los judíos en estos dos últimos países, durante la ocupación alemana. El rechazo de los refugiados judíos por estos tres países dio fuerza al discurso nazi, siendo un boom propagandístico sin parangón. Para Goebbels, como nadie quería acoger a los judíos, la Alemania nazi tendría “moralmente” las manos libres para implementar lo que, luego, sería la “solución final”.

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